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Hospitalidad sin límites

-No salgas. Los ánimos están revueltos y puede ser peligroso.-

No le hice caso. ¿Quién hace caso a las palabras de una madre? Quieren mandar a pesar de que hayas pasado los veinte, lo cual resulta en ocasiones bastante molesto.

En mi vida aprendí a cerrar mi cerebro a este tipo de recomendación, mezclado con reproche y una punta de acidez típicamente femenina. Switch-off. Modo fiesta.

Además, había quedado con ellos.

Han transcurrido ya dos días desde que la nave alienígena aterrizó en el campo de don Pepe Navarro, un apellido típico de la tierra que vio mis natales, y posiblemente mis funerales – o eso decía siempre mi madre. Don Pepe no se preocupó en exceso, limitándose a encerrarse en su bodega y diciéndole a quien le llamaba al teléfono que estaba muy atareado embotellando su vino. Eso hasta que, ayer, dejó de contestar, posiblemente aburrido por tanto interés y descuidándose de la incongruencia que suponía embotellar en pleno mes de agosto.

Cuando dejó de contestar en el pueblo las viejas empezaron a explicar todo lo ocurrido.

En el lapso de unas horas nos enteramos de que a don Pepe le habían secuestrado, torturado, manipulado, encarcelado e, invariablemente, obligado a mantener relaciones sexuales con alienígenas rubias y sexy. Lo cual no le gustó en absoluto a Teresa, la Eterna Novia de don Pepe, un noviazgo que dura desde antes de que naciera yo.

Fue así como Teresa se fue a casa de don Pepe, ayer por la noche: quería arreglar cuentas. Salió de su casa a las ocho de la tarde, llegó a casa del novio cinco minutos después, y nadie la había vuelto a ver desde entonces.

Por la mañana las viejas estaban desatadas, organizando un movimiento de protesta y rescate con la ayuda del alcalde de este lindo pueblo de Navarra. Las malas lenguas decían que el alcalde estaba más interesado en lo de las alienígenas, y de hecho la envidia estaba corriendo en las venas de unos cuantos vecinos de don Pepe. Cual fue la sorpresa cuando vimos aparecer en la plaza del pueblo Teresa de la mano de su novio Pepe.

La parejita se veía feliz, caminando tranquila, un poco sorprendida por la gran cantidad de gente que se había reunido, y por supuesto sin entender nada de lo que estaba ocurriendo.

El alcalde les cortó el paso.

-¿Dónde vais? ¿Cómo habéis conseguido huir de los monstruos?- les preguntó sin contemplaciones.

Los dos se miraron sonrientes. -¿Monstruos?- dijo don Pepe. -Si os referís a los alienígenas, no son monstruos en absoluto, es más, parecen hasta humanos, y hablan nuestro idioma con bastante correctamente.-

-Ehemmm- carraspeó Conchita Lunares, que había sido maestra del pueblo durante décadas y tenía rémoras sobre la capacitación de don Pepe para avalar los aciertos gramaticales de los nuevos llegados.

-Además queremos hacer partícipe a todo el pueblo de una gran noticia- siguió ignorando a la Lunares como si fuera una vieja maestra de pueblo.

-¡Nos vamos a casar!- soltó medio chillando Teresa, sembrando el pánico entre las viejas, que ya estaban murmurando entre ellas y aventurando eventualidades a cual más sórdida.

Total, eso fue ayer, a eso del mediodía. Medio pueblo, cansado ya de los programas basura de la televisión, se amontonaba alrededor de los recién prometidos y les preguntaba de todo acerca de sus proyectos futuros. Las masas parecían haberse olvidado del asunto alienígena, pero no así el alcalde, quién quería más informaciones al respecto.

-No os preocupéis- les dijo levantando un poco la voz para demostrar su autoridad y para que se le hiciera caso. -Ya he llamado a la Guardia Civil, me han dicho que dentro de poco llegarán.-

Don Pepe se detuvo en seco, obligando a las masas a imitarle (no sin unos cuantos previsibles tropiezos). -¿Los militares?- inquirió. -¿Y por qué?-

-Es evidente: nos enfrentamos al primer encuentro con una especie del espacio exterior. No podemos cargar nosotros solos con las consecuencias de un acontecimiento tan extraordinario. Llegarán las cámaras de la tele también y…-

-De eso nada- le cortó don Pepe. -Esos chicos han venido en son de paz para descansar unos días, se están hospedando en mi casa y allí se tienen que dejar tranquilos.- Las masas estaban ya divididas, algunos asintiendo y otros murmullando que, al fin y al cabo, un poco de cámaras nos hubiera venido bien a todo el pueblo. ¡El primer destino de los extraterrestres al llegar a la Tierra!

-Es cierto, Pepe, deja que te ilustre las ventajas- intentó perorar el alcalde, pero el campesino, humilde pero al fin y al cabo elegido para este primer contacto por los extraterrestres mismos, ya se estaba cansando de toda la palabrería culta del político. -Además- prosiguió el alcalde -el aviso ya está dado, y todos han sido convocados.-

-Pues tú desconvoca.-

-¿Cómo?-

-Ya lo sabes hacer, eso es como las huelgas de los no trabajadores quienes protestan porque quieren trabajar menos y cobrar más, te montan el sarao y luego desconvocan. Tú desconvoca.-

-No lo hagas- la voz de un hombre grueso se hizo mella como un hacha en un nogal. Provenía de las masas que iban siguiendo a los novios, y en un momento las masas se repartieron en dos masas más pequeñas, como si hubiera venido Moisés a separar las aguas del Mar Rojo.

No era del pueblo, y su aspecto era imponente. Y amenazador. A mí me sorprendió ver que muchos se pusieron de su lado, al fin y al cabo ¿quién era por atreverse a hablar de esa forma? -Esto se tiene que solucionar lo antes posible, y una ayuda militar nos va a beneficiar mucho-.

Varios asintieron, el alcalde se quedó en agua de nadie, sin saber exactamente qué contestar, y finalmente hubo quien se cuestionó la proveniencia del gordote. Pero sin embargo don Pepe no se dejó intimidar.

-Así que eres tú el contacto, ¿verdad? Me habían avisado.-

El desconcierto era total: nadie había visto nunca don Pepe hablar con tanta seguridad; mejor dicho, nadie le había visto nunca hablar tanto. Las transformaciones habían sido múltiples, o eso parecía.

-Ellos no se van a someter a vuestras políticas ni a vuestras exigencias desproporcionadas, reclaman el derecho a acampar dónde quieren y ¿sabes qué? las tierras son de mi propiedad y yo les permito quedarse cuanto quieran.-

-Hay normas, reglas de comportamiento…- intentó replicar el extranjero. No le había visto nunca por aquí, y me enteré solo después de la razón de su presencia aquí, de sus why, de sus because. Pero don Pepe le dirigió una mirada increíblemente desafiante, al punto que mis vecinos que se habían quedado de su lado se fueron poco a poco cambiando de bando. El último de ellos fue el alcalde, que como buen político no se había enterado de nada pero consideraba siempre un acierto lo que dijera la mayoría.

El gordote, viéndose abandonado por el apoyo popular, decidió darse media vuelta y desapareció en una de las callejuelas laterales que llevan a los pinares.

Por mi parte, ya había visto lo suficiente, quizá incluso algo más. Decidí volver a casa, poner algo de música y jugar con mi ordenador. Vamos, lo mismo de cada día en un pueblo en el que ser joven era más una maldición y un aburrimiento que una perspectiva de éxitos.

Sea como fuere, me di la vuelta y emprendí a andar; quise aprovechar para comprar algo de comida en el colmado del pueblo, pero estaba cerrado. Todo el mundo siguiendo a don Pepe y sus novedades, mis padres trabajando y yo… pasando el rato en casita.

Cuando di la vuelta a la derecha para entrar en mi calle me di cuenta que algo no estaba marchando como debería. Vi unas figuras que se dirigían hacia mí, viniendo desde el otro lado de la calle. Un breve cálculo (la adicción a los videojuegos te permite hacer este tipo de cálculo con extrema rapidez) dejó evidente que el punto de encuentro iba a ser el portal de mi casa, por lo que aceleré mi marcha; introduje la llave y abrí la puerta, casi estaba a salvo cuando oí que alguien me decía: Hola.

La sensación fue muy rara. La pronunciación curiosamente seca, y a la vez suave y seductora, lo cual resultó sorprendente por provenir de un ser bípedo, algo grácil pero perteneciente sin lugar a duda al género masculino. Iba acompañado por otros tres varones del mismo sexo, como se suele decir.

-Eres el único joven del pueblo, por lo visto- empezó otro de ellos.

Tengo que precisar algo. No soy homosexual. Nunca lo he sido y nunca lo seré. Pero la voz de este otro también me sonaba seductora, y yo estaba como what the frick, qué me está pasando ahora, ¿me he vuelto homo de golpe? No me lo puedo creer. Sí, vale, prefiero los videojuegos a las chicas, pero creía que aquellos como yo les llamaban frikis. Y esos tíos estaban aquí, en la puerta de mi casa intentando ligar. ¡Y en grupo!

-Me parece que se está generando un malentendido- dijo un tercero. El registro de su voz era completamente diferente, más grave y varonil, posiblemente fuera el macho dominante. -Es conveniente cambiar los semitonos intermedios tres y kres- dijo. O algo parecido. Los demás asintieron.

Cuando el que había hablado el primero me dijo nuevamente: ¡Hola! Mis sensaciones fueron completamente distintas. Pude ver cómo los cuatro parecían relajarse.

-Por lo vito eto emitono funcionan mucho mejor- afirmó el que no había abierto boca aún.

-Te has olvidado de activar la función alfabética extendida, te faltan las ‘s’- le reprochó el varón dominante que ya no parecía un varón dominante.

-¡Oh! Entiendo… ¿mejor así? ¿Se me escucha bien?- Todos asintieron. Yo también.

Hasta encontré fuerzas para decirle -¿por qué, eres una radio?- Y lo hice, creo, con una sonrisa, porque todos parecieron muy aliviados.

-Y sí, efectivamente soy uno de los pocos jóvenes que se han quedado en el pueblo, vivo tranquilo y tengo una relación muy estrecha con mi ordenador- tuve la osadía de decirles. -Ustedes en cambio son…-

Se echaron miradas entre ellos, algo perplejos, hasta que el varón tomó la iniciativa y dijo con extrema naturalidad -somos los extraterrestres que don Pepe está hospedando-.

Bombazo informativo.

Estuve a punto de twittearlo al instante, ya veía en facebook fotos mías con los extraterrestres, un aumento de tráfico brutal en mi blog, por no hablar de mi cuenta de YouTube, millones de subscritores garantizados.

Sin embargo, me sorprendí diciéndoles -adelante- y cerrando la puerta a sus espaldas una vez habían entrado al cuarto de estar.

Entendieron con facilidad extrema el funcionamiento de la consola; les expliqué el funcionamiento de nuestros ordenadores y ellos los encontraron bastante primitivos, lo cual era de esperar. Les expliqué también el funcionamiento de las redes sociales y ellos no alcanzaron comprenderlo. Al cabo de un par de horas les vi cansados y les propuse comer algo. Contaba con encontrar algún tipo de comida en la despensa.

-En realidad, de momento no hemos encontrado aún comida adecuada para nosotros- me comentaron -pero tenemos provisiones en la nave.-

-Dejad que os invite a una copa de vino, entonces- aventuré. No sabían de qué estaba hablando. -¿No habéis probado nunca el vino de Navarra?- les pregunté; no lo habían hecho aún.

-Para venir aquí, incluso de vacaciones, hay que respetar las normas decretadas por el Consejo Colonizador Oculto y Obtuso- me explicaron. -Has visto su representante en el pueblo esta mañana, intentando que los militares intervinieran porque no hemos querido doblegarnos ante sus pretensiones apriorísticas.-

Asentí. -Es decir que habéis entrado en nuestro planeta de forma ilegal.-

-Según ellos. Pero no respetamos sus leyes porque no creemos en ellas.-

-Esta afirmación es un campo de minas. Si existe una ley hay que respetarla, al no ser que se dé un caso límite, extremo, y además habría que medir muy bien el alcance de las consecuencias.-

Había descorchado ya un par de botellas de tinto, que se fueron terminando conforme íbamos hablando, conversando de filosofía, sociedad, teorías políticas, moralidad, ética… y no nos dimos cuenta del revuelo que se estaba armando en las calles del pueblo.

Resulta que el tío gordo no se había dado por vencido, y había tomado la iniciativa alertando a la Guardia Civil; sorprendentemente a nadie se le ocurrió avisar a la prensa, y cuando un pajarito pareció alertar al semanal navarro por excelencia el reportero recibió todas las informaciones necesarias e innecesarias acerca de la boda de Don Pepe. La Guardia Civil estaba un poco cansada de si tenemos que ir y que si ahora ya no, pero finalmente acudió con un coche y dos grises (ahora ya no son grises, por cierto, pero así les seguían llamando).

Según me explicaron mis amigos – porque después de cuatro botellas de tinto ya nos habíamos convertido en amigos de la infancia – ellos habían aterrizado de forma algo incorrecta; quiero decir, no habían destrozado campos ni casas, pero no habían pedido precisamente todos los permisos preceptivos. El tío gordo se encargaba de que las normas galácticas fueran respetadas, y ellos estaban aquí un poco como ‘sinpapeles’.

-No os preocupéis- les iba diciendo -nosotros estamos acostumbrados a eso de los sinpapeles, no hay que preocuparse por ello.-

La llegada de las autoridades militares tuvo sin embargo un efecto inesperado: la escisión de los puebleños en dos facciones, una proalienígenas capitaneada por don Pepe, y otra proautoridades, animado por el gordo quién, dominando la oratoria, incitaba a respetar las normas constituidas. Evidentemente sin hacer mención de los permisos de aterrizaje para evitar de tener que dar explicaciones embarazosas. Los Altarianos siempre han sido buenos oradores.

Así que mis amigos se fueron par evitar crearme problemas. Pero no salieron del aparcamiento tan bien establecido en la viña de don Pepe, simplemente se refugiaron en el interior de su nave espacial (un modelo anticuado, por lo que me contaron, pero los estudiantes no se pueden permitir otra cosa – el universo parece ser el mismo en cada esquina) y activaron un campo de fuerza para protegerse. Cerraron la puerta.

Los proalienígenas no dejaron que la Guardia Civil se acercara hasta llegar a la vista de la nave y, después de un par de horas se acabó su turno de patrulla y tuvieron que volver al cuartel, o eso dijeron, prometiendo volver el día siguiente.

Embebido de este ambiente de confrontación me fui a la cama antes de que llegaran mis padres del trabajo. Estaba muy cansado por las emociones del día y posiblemente por el tinto reserva también, todo hay que decirlo.

***

El día siguiente me desperté bien.

Cuando fui a desayunar mis padres se habían marchado ya. Eran pasadas las 11 de la mañana, pero bueno, seguía siendo de mañana, y esperaba a mis amigos para comer. Cual fue mi sorpresa al ver que había enfrentamientos en la calle entre las dos facciones.

Era algo que no me esperaba descubrir y casi me sentí como que no me había despertado aún y estaba viviendo una pesadilla de película. El sonido del interfono me devolvió a la realidad.

-Déjanos entrar, rápido- dijo una voz.

Abrí y entraron todos corriendo.

-¿Qué está pasando en las calles?- les pregunté.

-Es el gordo de CC.OO., está embaucando a medio pueblo en contra de nosotros, dice que somos un peligro para toda la ciudad.-

-La ciudad es peligrosa- asentí grave.

-Pero a nosotros nos gusta aquí. Nos gustan vuestros juegos de entrenamiento. Nos gusta vuestra hospitalidad. Nos gusta vuestra comida. Nos gusta vuestra música.-

-Sí, vale os gustamos mucho.-

-Nos gusta vuestro vino. Por cierto, ¿tendrás un par de botellas más para acompañar la comida?-

De tontos, nada. Pasamos otra vez la tarde juntos, pero yo no abusé de la bebida esta vez.

Se fueron a eso de las seis de la tarde para volver a su nave, y quedamos en vernos por la noche. Música, vino etc.

Aquí fue cuando mi madre me dijo aquello de -no salgas-. Podría haberle hecho caso, y ahora posiblemente no estaría aquí. Cuando llegué a la nave espacial, que no era nada que algún ilustrador de ciencia ficción no había dibujado con anterioridad, me dejaron entrar y descubrí que habían hecho provisiones de sangre de uva. Muchas provisiones.

-Nos las regaló don Pepe, está feliz porque se va a casar dentro de poco- me explicaron. Bien por ellos, el vino le ha gustado mucho de verdad.

-Ahora vendrán los demás, vamos a organizar una fiesta fantástica.-

Creía que se referían a los del pueblo. -Naaahhh- me dijeron -son unos carcas, esto es algo para jóvenes. Hemos avisado unos amiguitos, ya están de camino.-

Y entonces entendí.

Pedí abandonar la nave, diciendo que estaba aún cansado y que no tenía ganas de fiestas, y me dejaron.

Y les traicioné.

Lo hice porque el tío gordo de CC.OO. tenía razón, ahora estaban llegando quien sabe cuantos sinpapeles, para ocupar el espacio sin hacer nada todo el día, con la excusa de su juventud desenfadada.

El tío gordo les iba a parar, que don Pepe se case si quiere pero estos parásitos alienígenas se tienen que marchar de aquí.

Aquí, en este pueblo, el único que puede estar sin hacer nada todo el día soy yo. No me quitarán mi trabajo.

 

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