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En el Aeropuerto

Era un invierno atípico y tempestuoso. En realidad no era muy tempestuoso, pero sí atípico, porque la temperatura se estaba manteniendo a unos niveles insospechables, muy altos y acompañados por la casi total ausencia de viento y precipitaciones. Pero bien, ¿qué importancia tienen las estadísticas? ¿Qué es lo que nos dicen? ¿Nos permiten prever el futuro? La tempestad siempre llega.

Esa mañana empezó a llover.

-¿Por qué no me sorprende?- preguntó Pedro a sí mismo mientras iba a buscar el coche, aparcado al otro lado de la calle. Su paraguas yacía olvidado en el maletero del mismo desde aquella última ocasión en que los cielos decidieron que ya tenían suficiente humedad y podían enviarnos a nosotros unos cuantos hectólitros de agua.

Cuando subió al coche estaba empapado. La cerradura había decidido que no era compatible con la tecnología del mando a distancia, pero luego lo pensó mejor y admitió que, si había estado dando paso hasta entonces, podía seguir haciéndolo y no dejar que Pedro se mojara hasta el punto de neumonía. Y como el coche era muy considerado hacia la persona de su conductor, al conectar los circuitos el ventilador arrancó en pleno funcionamiento, despeinando a Pedro con su chorro de agua gélida.

-¿Por qué no me sorprende?- siguió preguntando a nadie en concreto. El coche no le iba a contestar. Mejor así, en días como ese.

Arrancó sin esfuerzo. Al coche sí le costó más, unos veinte intentos más o menos, pero al utilizar un sistema de arranque por pulsador lo peor que le podía ocurrir a Pedro era que se le dislocara el pulgar. Lo cual era imposible porque llevaba el pulgar entablillado desde hacía una semana: gajes del oficio, es lo que ocurre cuando tienes que utilizar algún aparato mecánico.

Los conductores poco amigables, es decir cualquier conductor que decida utilizar su vehículo en un día de lluvia, no le dejaron salir del aparcamiento hasta el cuarto intento: ¡por fin era libre! Empezó a acelerar, para luego tener que frenar unos cien metros después y esperar que el semáforo se pusiera en verde. El tiempo corría pero un sentimiento de relajación poseyó su cansado cuerpo; ahora, sólo era cuestión de tiempo.

El aeropuerto se encontraba a unos veinte kilómetros de su casa: un cuarto de hora, puede que veinte minutos, en un día normal, con un tráfico normal. En uno de esos días que no existen. Porque si no es el día es la hora, si no es la hora es el tiempo (atmosférico, el weather, no el time), y si no es el tiempo es algún imbécil o un aglomerado de ellos. De allí que hubiera salido con un par de horas de margen.

Al llegar al aeropuerto, aparcó en un silos inmenso: recorrió infinitas rampas en espiral hasta arriba del todo, luego un tramo rectilíneo y finalmente otras rampas en espiral de bajada, hasta encontrar una plaza libre en el primer piso. Al bajar del coche agradeció el invento de los mandos a distancia para abrir el mismo, salvavidas en caso de extravío u olvido, y apuntó en su agenda electrónica (sí, todavía tenía una de ellas, uno de los pocos modelos que habían sobrevivido a la era de las muy muy nuevas tecnologías – los filólogos ya carecían de ideas para definir la modernidad) la localización de su coche.

Se dirigió entonces al pasillo de enlace con la puerta de llegada: un pasillo enorme, esporádicamente vacío, parte claustrofóbicamente sellado por paredes recubiertas de similmarmol y parte equipado con ventanas selladas infrangibles, de las que una estaba rota, que permitían tener una tierna y clara vista de los aviones que yacían aparentemente sin vida en la pista del aeropuerto.

Después de un paseo de un cuarto de hora llegó finalmente a la puerta de salida. Alrededor de ella una masa casi informe de personas esperaba de pié la llegada de conocidos, familiares, clientes, proveedores… cuya espera desesperante parecía haber conseguido doblegar sus ánimos para dejar paso a las tareas de cada día: los hombres de negocios hablaban por teléfono, los niños jugaban en el suelo, los abuelos se quejaban de una u otra cosa. El frío, la lluvia, la espera eran los temas preferidos de conversación, incluso con auténticos desconocidos. Hasta sorprendí a un abuelo de estos gruñones, abrazar al familiar que por fin había salido de la terminal y decirle -pero si no has tardado nada en salir.- Por lo visto llevaba esperando un par de horas, pero ya se sabe. No siempre se dice lo que se siente. Y el familiar no tenía culpa.

Pedro se acercó a la puerta de salida, donde un guardia de seguridad observaba a los recién llegados, con un particular interés por las pasajeras provenientes de sus vacaciones en islas caribeñas. Su interés era puramente profesional, allí estaba para controlar que no hubieran problemas.

-Buenos días- empezó educadamente dirigiéndose al guardia, quien le miró con una mezcla de curiosidad y desprecio. -He venido a recoger a un pasajero.-

Podía notar como su mirada se le había clavado sin piedad, y en este preciso instante entendió cómo debían de sentirse las pasajeras; por otras razones, pero la intensidad era la misma. -Como todos los demás- le dijo finalmente; Pedro empezaba a sentirse incómodo, así, de pié y desarmado. -Puede esperar detrás de estas vallas.-

-No, no me he explicado. Tengo que ir a buscarle dentro.-

-¿Dentro dónde?- Este guardia parecía ser un hueso duro de pelar, o así quería aparecer.

Pedro fue buscando algún dato más entre las informaciones que le habían llegado, y que tenía impresas en papel. En estas cosas era de la vieja escuela, le gustaba el papel impreso: en este mundo moderno en el que la mayoría prefería el formato electrónico, con su caducidad implícita, era un señor que iba claramente en contracorriente.

-¡Aquí está!- exclamó. -Me han dicho que tengo que ir a recogerle en el Área 51 del aeropuerto. El pasajero viene de lejos, y su última escala ha sido el aeropuerto de Madrid.-

El guardia le miró fijamente. -¿Área 51? A lo mejor cree Usted que por ser guardia de seguridad soy necesariamente imbécil.-

-¿Imbécil? No, en absoluto- Pedro se apresuró a disculparse. -Es lo que pone aquí- y le enseñó los papeles, pensando y considerando que sí era un poco imbécil, aunque su imbecilidad no le venía de su profesión de guardia de seguridad. Era, por así decir, una imbecilidad intrínseca, autónoma, inmanente a la persona en concreto, que nada tenía que ver con el gremio profesional.

El guardia le arrancó los papeles de la mano para examinarlos. -Pues es verdad- dijo después de haberlos examinado de forma superficial. -Vea, es lo que pone aquí: Área 51.- Como si no lo supiera, cuando acababa de decírselo. -Pero no sé nada de un Área 51. Un momento, voy a preguntar.- Y se alejó para preguntar a unos policías.

Los policías se miraron entre ellos. Parecía que el guardia no les gustara mucho, lo cual no era de extrañar: por su conducta quería parecer mucho más importante de lo que era, pero en realidad quien tenía acceso a información, radio y armas eran los policías; por allí tenía que pasar.

Uno de los policías empezó a hablar por el walkie-talkie y de repente se quedó de piedra. Pedro no entendió la razón, de hecho no había escuchado más que chasquidos sin sentido, y un extraño escalofrío recorrió su espina dorsal cuando vio que el mismo policía miraba en su dirección y conectaba el auricular para que los demás no escucharan la conversación que estaba manteniendo. Y para cuando dejó de preocuparse del guardia y se dirigió hacia él con su mano derecha apoyada (¿instintivamente?) en su pistola la sangre parecía ya haber abandonado el rostro de un perplejo Pedro.

-¿Es Usted este Sr. Pedro Ramírez?- le preguntó retóricamente.

-Sí, tengo que recoger a un pasajero en este lugar- intentaba inútilmente indicar con el dedo el punto exacto del papel, ya que el policía lo mantenía alejado. -Creo llamarse Área 51.-

-Efectivamente. Creía tratarse de una broma, pero efectivamente existe un Área 51 en este aeropuerto. Irónico y cierto. Pase- siguió diciéndole manteniendo abierta la puerta corredera -yo le acompañaré.-

Pedro estaba algo desconcertado mientras seguía el policía (quien, por cierto, no había tenido la delicadeza de presentarse). Después de una serie de giros imposibles de recordar y repetir se atrevió a comentar en voz alta: -esta dichosa área se encuentra bien escondida, ¿es cierto?-

El policía se detuvo en seco. -¿Me quiere decir que no sabe nada del Área 51?-

-La verdad es que no. Creía que era una zona reservada dónde llegaban los estudiantes de intercambio.-

-Y lo es. Para cierto tipo de estudiante de intercambio.-

-Ya, claro, los del programa.-

El policía le miró fijamente, intentando decidirse sobre si el hombre le estaba tomando el pelo o faltando al respecto, pero finalmente se decantó por una negativa. -Con lo cual no ha oído hablar nunca de Roswell?-

-¿Roswell? No, ¿quién es?-

-¡Es una ciudad! Vamos, parece que no sepa nada del PIG.-

-¡Claro que sé!- le contestó picado -PIG: Programa de Intercambio Generacional. Es un programa de intercambio para jóvenes extranjeros que quieren aprender usos y costumbres locales…-

-¡No es eso! PIG: Programa de Intercambio Galáctico. Es un programa de intercambio para jóvenes extraterrestres que quieren aprender usos y costumbres locales. ¿Extranjeros? En cierto sentido.-

Pedro se empezaba a marear. -En el aeropuerto dónde me destinaron antes había mucho tráfico por el zócalo- siguió hablando el policía sin dejar de mirarle para asegurarse de que sus piernas podían seguir aguantando el peso de su cuerpo -que es equivalente al Área 51 de aquí. Muy cachondos los personajes que deciden los nombres de estas zonas, no hay dudas al respecto. En otros aeropuertos a lo mejor la llaman DS9[1]… de todos modos lo mejor es ir a buscar a su joven del programa de intercambio, a su PIG por así decirlo.-

Pedro ya se estaba mareando por completo. Seis meses o un año con un extraterrestre. Respirar. Respirar. Inspirar y espirar. ¿Respiraría oxígeno? ¿Cuántas patas tendría? Ups… piernas, he dicho piernas. Y…

-Este ‘estudiante’ se parece en todo a nosotros. Por fuera, claro. Y respira oxígeno.- Las afirmaciones del policía dejaron Pedro aún más desconcertado, con el problema añadido que éste había reanudado su deambulación rápida por unos pasillos siempre más oscuros y estrechos. Parecía que pudiera leerle el pensamiento. -No leo el pensamiento, pero sé ponerme en su lugar: yo de Usted pensaría lo mismo.-

Lo dudo.

-Y yo se lo puedo asegurar- le rebatió el policía. -Tiene la duda dibujada en su rostro.-

Pedro empezó a notar un estado de ansiedad que se abría paso en sus venas, en su aparato linfático y finalmente en su aparato lagrimal. Unos goterones empezaron a caerle por sus mejillas sin que pudiera controlarlos y le obligaron a detenerse.

-Vaya. Eso sí que no lo haría yo.- El policía también se detuvo. -No es para tanto, seguro se encontrará muy a gusto con su nuevo huésped- pero esas palabras evocaron en la mente de Pedro unas imágenes de otro tipo de huésped, quizás un gusano o un alien que de repente decide ver la luz haciendo explotar sus tripas. Escalofrío, escalofrío.

Respirar, respirar. La ansiedad ya se estaba yendo, le estaba abandonando. ¿Abandonando? ¡Oh, Dios! ¡Estaba solo!

Cuando la mano consoladora del policía se posó en su hombro le hizo sobresaltar; su corazón latía acelerado como un coche de carrera y le hicieron falta unos interminables segundos para recuperar la compostura. Respirar. Hondo. Seguir respirando con regularidad. No dejar nunca de respirar si no quiero morir. ¡Qué obviedad! Sonreiría por sus adentros si tuviera la valentía necesaria para pensar en sus adentros después de la imagen sobrecogedora del alien.

Sin que se diera cuenta habían seguido caminando y ahora se encontraban delante de una puerta, justo al final de un pasillo. Menudo zorro este policía. A lo mejor me puedo sentar y descansar. El zorro-policía abrió la puerta. La habitación estaba adecuadamente iluminada y unos sofás y unos cuadros modernos le atribuían un aspecto sorprendentemente relajante. ¿O sería el color – translúcido – de las paredes?

Sea como fuere, las emociones habían sido muchas e intensas. Se dejó caer en el sofá más cercano y cerró sus ojos un momento; o lo que creyó ser un momento. Cuando volvió a abrirlos una persona le estaba observando. Se sobresaltó. -El policía…- balbuceó mirando a su alrededor.

-Se ha marchado- dijo el nuevo llegado. -Por lo visto, nada más sentarse en este sofá se quedó Usted dormido, así que el policía y yo estuvimos charlando una media hora pero luego le llamaron por radio y tuvo que apresurarse a nosequé.-

-Hmmmpf, entiendo- dijo Pedro desperezándose. -Lo siento mucho. Hoy ha sido un día de sorpresas y sustos, no me he recuperado aún. Fíjese, tengo que ir al Área 51 a recoger un extraterrestre.-

-Éste es el Área 51.-

-¿De veras? Entonces Usted me podrá ayudar.-

-Eso espero.-

-¿Cómo puedo recoger el extraterrestre que voy a hospedar en mi casa?-

El otro se quedó algo pensativo. -Creo que será suficiente que le pida seguirle. No creo sea necesario que le lleve en brazos- dijo.

Pedro le miró extrañado. -No había pensado llevarle en brazos. ¿No tiene piernas? ¿O patas, o lo que sea?-

-Pues claro que las tiene, por eso será suficiente que le pida que le siga.-

-Uhm- Pedro pareció haber entendido a la perfección. -Es decir, que Usted es quién me tiene que llevar a ver a este extraterrestre- le dijo al fin jubiloso como un carnero en el matadero cuando ve que se llevan a otro carnero para la matanza.

-No, yo soy el extraterrestre- dijo jubiloso como un carnero con cara de idiota tendiendo su mano derecha en el gesto que le habían enseñado en el curso de adaptación. -Mi nombre es Grypzyjck, pero Usted me puede llamar Gry. En realidad no entiendo mucho esta costumbre humana de acortar los nombres. Mi nombre, Grypzyjck, significa ‘él que visita nuevos mundos’, y mi nombre acortado, Gry, significaría algo así como ‘él uevos dos’ (nuestra gramática y organización de las frases es algo distinta de la terrestre).-

Respirar. Respirar. No dejar de respirar.

-Es decir…- empezó, sin saber proseguir la frase. Los puntos suspensivos dilataron el espacio-tiempo: mantuvo unos momentos su boca abierta, hasta que una mosca decidió emprender un camino equivocado hacia su epiglotis.

-Eso es- repitió Gry siempre sonriendo. -Si quiere le puedo seguir hasta su aeronave.-

-Pareces humano.-

-Soy de Epsilon Eridani II, pero efectivamente desde que nací mis padres me dicen exactamente lo mismo. Grypzyjck no hagas eso, Grypzyjck no hagas aquello, Grypzyjck no hagas el terrestre… especialmente cuando me ponía a jugar con la arena y volvía a casa todo embarrado.-

-Hablas como un humano.-

-Hace tiempo que estudio vuestros idiomas. Hace unos años quise venir de visita, pero por lo visto no tenía todavía la edad necesaria para poder pedir un visado. Autorización de los padres y todo eso. Ya me entiendes. Así que me fui, pero no dejé de estudiar e interesarme por vuestra grandiosa civilización. Y aquí me tenéis de nuevo- concluyó abriendo sus brazos como para recibir un abrazo. Algo que, como es lógico, no iba a producirse.

-Hablas- le dijo dirigiéndose hacia la puerta de dónde había entrado.

-¡Claro que sí! Me alegro que te hayas fijado. Me gusta mucho hablar- siguió, agarrando unas maletas enormes sin esfuerzo aparente -creo que es el mejor sistema para aprender los idiomas.-

-El mejor sistema es escuchar.-

-Cierto, pero perdona que te diga que no me pareces ser muy parlanchín, y me encuentro en la necesidad de llenar este vacío.-

-En el coche tengo radio.-

-¿Tu aeronave se llama coche?-

Pedro ralentizó un poco la marcha. Respirar. Suspirar. Mi psiquiatra será orgulloso de mí. Siempre que no me haya estado imaginando todo. -Los terrestres no tenemos aeronaves. Tenemos coches. Nos desplazamos por carreteras.-

-¿De veras? ¡Qué retro! Me encanta. Yo no he conducido nunca un coche en EEII. ¿Me dejarás conducir?-

-No puedes.-

-¿Por qué?-

-No tienes carnet de conducir.-

-¿Qué es un carnet de conducir?-

Pedro se detuvo, su reserva diaria de paciencia ya le estaba abandonando. -Pero ¿cómo puede ser que nos hayas estudiado y no sepas todavía qué es un carnet de conducir? ¿Qué transmisiones televisivas veías?-

-Dos eran las que veía. Una eran los debates parlamentarios. La otra era Gran Hermano. He aprendido muchas frases idiomáticas como por ejemplo … o … –

El lector apreciará la autocensura y entenderá que no todo se puede y debe escribir para que quede a la posteridad. Baste con decir que nada de lo que Grypzyjck podía decir iba ya a sorprender a un resignado Pedro.

-Casi prefería cuando me tratabas de Usted.-

-¿Y eso cuando fue?-

-Hace unos minutos, a pesar de que ahora parezcan horas.-

Se dirigieron al aparcamiento, Grypzyjck siempre trotando alrededor de Pedro y hablando, hablando, hablando…

Pedro no lo sabía aún pero así daba comienzo una gran amistad.


[1] ‘Area 51’ es un icono de la ciencia ficción y, más aún, de todas las teorías de la conspiración que han cobrado vida en el mundo occidental. ‘Zócalo’ hace referencia a la serie de ciencia ficción ‘Babylon 5’, y ‘DS9’ se refiere al spin-off omónimo de Star Trek, entre ‘The Next Generation’ y ‘Voyager’

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