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El Enjambre

Todo eso ocurrió mucho después de que los humanos hubieron dejado a su planeta de origen, que llamaban sin demasiada fantasía Tierra. A pesar de que la mayor parte de ello fuera recubierta de lagos, mares, océanos, agua al fin.

Se fueron buscando otros planetas dónde vivir, otros lugares para infectarlos con su virus tanto inmundo como inútil que llamaban ‘tecnología’. Se sentían cómodos a la hora de utilizar ese término, felices y dominadores, hasta que fueron obligados a huir corriendo de su mismo planeta, su misma madre Tierra les expulsó.

No la habían cuidado hasta que las heridas, todas y cada una abiertas e infectándose, habían despertado una defensa virulenta por parte de la Tierra misma; la naturaleza tomó las riendas de la vida y evidentemente el ser humano no estaba hecho para acostumbrarse a un rol secundario, sumiso.

Nichos de humanos se mantuvieron activos, buscando una nueva harmonía, limando asperezas, aceptando consejos de esta naturaleza antes maltratada[1].

Nuevas formas de convivencia, en las que los dominadores de antaño aceptaron su rol subordinado, si bien de forma temporánea, o se fueron a dominar otros planetas. Y a fracasar en ellos, como fracasaron en el suyo propio: es el destino ineludible de las formas de vida a la par inteligentes y estúpidas, y todos los animales lo son.

Pero no quiero hablar de ellos, ahora no. Esta es la historia de una victoria; de una revancha si queremos. El mundo vegetal parecía inmóvil a los ojos de humanos y otros animales, y sin embargo eso también se fue modificando con el tiempo: las raíces se transformaron en apéndices independientes del sustrato que les había hospedado hasta entonces, lo cual comportó incluso unos cambios en la sintaxis y el vocabulario. Términos como ‘enraizado’ perdieron todo su significado originario, y así discurriendo.

Muchas plantas, las más fuertes, las que estaban destinadas a convertirse en dominadoras de la vida en el planeta Tierra, hasta desarrollaron un sistema nervioso autónomo, lo cual es algo que no parece revestir gran importancia a los ojos de un profano, pero sin embargo las implicaciones eran sorprendentes. Las plantas empezaron a desarrollar cerebros.

Fue un proceso largo, exasperante… si lo miramos con la vara de medir humana. En realidad las plantas siempre se habían movido ‘a su ritmo’: no podían correr pero crecían y se desarrollaban siguiendo pautas que les eran, de alguna forma, favorables.

Los humanos decidieron marchar de su Mundo Origen. Lo hicieron sin contemplaciones, sin mirar atrás. Alguien dijo que habían exprimido de la Tierra todo lo que podían, que la Tierra ya no les era ‘rentable’, para usar un término muy en boga entre los humanos (quienes al desparramarse por las galaxias dejaron de usar el término ‘terrícolas’ para referirse a su proveniencia). Puede que fuera cierto.

Dejaron atrás un mundo edificado cuyos esqueletos de civilización eran ya completamente inútiles y las grandes obras de ingeniería se caían por su propio peso.

Recuerdo cuando el puente del Bósforo se derrumbó creando una ola que se convirtió en todo un Tsunami para el pequeño Mar cerrado que era llamado Mediterráneo. Una obra majestuosa de la Humanidad, una obra destinada a durar para siempre; un ‘siempre’ fugaz y extremadamente corto. Y como ella, miles de logros humanos habían perecido cuando los humanos mismos habían dejado de vivirlos, de llenarlos con su presencia.

Fue así como el Enjambre se desarrolló.

No sabría qué otro nombre podría describirle adecuadamente. Costaba creer que esa superficie inmensa y verde fuera en realidad parte de un único ser vegetal, una biomasa en crecimiento constante; recubrió todas las zonas fértiles de lo que antaño se había llamado Mesopotamia, y desde allí se fue extendiendo eludiendo las barreras físicas, cruzando ríos, lagos y hasta mares enteros.

Llegó a dominar toda la franja norteña de clima temperado hasta el meridiano tropical. Parecía una foresta, pero en realidad se trataba de un único ser, unas únicas raíces que iban tejiendo y reforzando el suelo con sus lazos de madera.

Y, por supuesto, la caída del puente que acabo de mencionar se debe al enjambre. O eso dicen.

Los humanos habían dejado tras de sí una fauna muy variada, a pesar de haberse empeñado durante decenios para conseguir que unas cuantas especies desaparecieran. Esfuerzos vanos, ya que la vida siempre encuentra resquicios dónde mantenerse pulsante, de forma imperceptible a veces pero siempre inexorable.

La fauna le proveía a las plantas el anhídrido carbónico que necesitaban para completar su ciclo vital y para que el ecosistema no se resquebrajara. Así, por lo visto la marcha de los humanos había sido beneficiosa para todo el planeta.

Y sin embargo el planeta añoraba a los humanos.

El Enjambre se fue desarrollando siempre más. En el resto de la superficie planetaria no estaba ocurriendo lo mismo; en algunas zonas unas formas de gestalt tomaron la delantera, pero se trataba siempre de alianzas locales y temporáneas que no llegaron nunca a compartir raíces.

El Enjambre estaba convirtiendo en ruinas todos los grandes logros arquitectónicos de los humanos, paso a paso. Las gestalt del sur estaban haciendo lo mismo, si bien con menos efectividad, y las selvas amazónica y centroamericana no necesitaban lecciones en mérito.

Luego, a posteriori, alguien habló de revancha, y de rabia hacia los humanos que habían huido. No estoy seguro de que fuera así. Es imposible negar que la venganza fuera un elemento esencial en todo el movimiento de recuperación del mundo vegetal pero no creo fuera el motor, sino a lo mejor una motivación secundaria.

El proceso tardó mucho, unos cuantos siglos.

Los humanos que se habían quedado en Tierra eran pocos y se habían distribuido en la zona sur del planeta; habían regresado al estado tribal y se habían olvidado de todos los logros de sus ancestros. Logros tecnológicos que no necesitaban para vivir.

Estos humanos vivían en el respecto por la naturaleza.

Vivían del respecto por la naturaleza. En particular de los vegetales.

Y las plantas les respetaban.

Las plantas les querían.

Como una madre cuyo hijo travieso y delincuente finalmente decide de cambiar de vida el mundo vegetal apoyó como pudo todas estas nuevas actitudes. Abrazó a los humanos, les ayudó a seguir adelante, hasta les protegió, y todo ello sin que se dieran cuenta para no herir su sensibilidad. La vida animal se desenvolvía según cadencias vertiginosas a los ojos del mundo vegetal, y eso si los vegetales poseyeran ojos. La diferencia de ritmo creaba un halo de incompatibilidad o quizás de incomunicabilidad, pero la realidad allí estaba, dura como la roca.

El ser humano no mandaba en su planeta de origen. El Enjambre lo sabía. A pesar de sus dimensiones colosales todos sus apéndices, ya fueran raíces u hojas, tenían conciencia de ello, lo cual era algo realmente sorprendente.

Otra cosa sorprendente era la práctica ausencia de humanidad en las Tierras del Enjambre, otro aspecto que las diferenciaba netamente de las Tierras de la Gestalt dónde los humanos convivían con los vegetales. Con toda probabilidad eso se debía al nivel de desarrollo alcanzado por los humanos en estas zonas: fueron los primeros en marcharse con la ilusión de que ninguna crisis económica ya les pondría de rodillas; se desparramaron por la galaxia nada más tener a su alcance el vuelo interestelar y dejaron el campo libre para el Enjambre.

Algunos dijeron que el Enjambre se enojó al verse abandonado. Es una tesis controvertida, no me acaba de convencer, pero es un hecho que todas las ciudades, todas las megalópolis y las minipolis construidas a lo largo de siglos de aquel fenómeno que se denominó “civilización” fueron arrasadas por la acción conjunta de las raíces y de los sarmientos del enjambre.

No quedó nada de ello. Alguna columna, a veces, alguna entrada a palacios o lugares de culto, pero siempre ahogada dentro de un mar de follaje verde esmeralda.

En este contexto, una decena de siglos después de que los humanos se hubieran marchado de la Tierra, ocurrió algo inesperado.

Exploradores. Un chico y una chica, jóvenes, guapos por los estándares humanos, iban por los sistemas estelares, saltando de flor en flor. La nave era pequeña y bien equipada, una nave espacial no sensible, pequeña pero a la par confortable, y suficiente para llevarles de una estrella a otra con sus sueños y también con ciertas comodidades. Ellos no se habían planteado dejar ni una cosa ni la otra, y preferían no tener que pelear todo el viaje con una nave viva, teniendo que defender con argumentaciones científicas cada rumbo introducido en el ordenador de abordo.

Pasaban, risueños y sencillos, de un sistema a otro sin problema.

Hasta que llegaron al sistema solar.

Ellos no sabían dónde estaban; la memoria de los orígenes de los humanos se había ido diluyendo a lo largo de los siglos y la existencia de un planeta mítico llamado Tierra no era objeto de interés ni siquiera entre los círculos más friki de la galaxia.

La memoria siempre se pierde cuando se quiere, o también cuando se considera un esfuerzo inútil. Es una característica recurrente del ser humano, con independencia del planeta o sistema estelar que esté dominando en un momento dado.

Otra característica sempiterna es el espíritu aventurero: el mismo espíritu que animaba esos dos jóvenes a emprender un viaje sin rumbo predefinido hacia los brazos más periféricos de la galaxia.

-¡Ese planeta tiene atmósfera!- exclamó él. Sorpresa. O había muchos planetas con atmósfera en la galaxia. Ella se le acercó.

Los instrumentos de la nave estaban proporcionando datos inequívocos.

Y los instrumentos nunca fallaban.

Ella sonrió, y él le contestó con un beso.

-¿Bajamos?- preguntó ella. -Sería una bonita diversión, poder respirar oxígeno natural.-

Él asintió. Otra característica de la especie humana que ni los milenios serían capaces de erradicar, la obediencia.

La nave era pequeña y estaba construida para permitir a sus ocupantes aterrizar en muchos tipos diferentes de planetas, así que los planes de los chicos eran muy sencillos: encontrar un área suficientemente amplia como para conseguir aparcar su nave y disfrutar del oxígeno del planeta.

-Supongo que lo mejor sería bajar en esas grandes llanuras azules- aventuró él.

-Lo preguntaré a la nave- le contestó ella. Las bases de datos eran mucho más rudimentarias de los cerebros de las naves vivas pero eran fiables. Elaboraban una cantidad de datos inimaginable de forma casi instantánea, así que los sensores proporcionaban una respuesta rápida.

Por fortuna.

-No podemos aterrizar allí, el suelo es líquido- le dijo ella casi gritando.

-Buscaremos otro sitio, no te preocupes- le contestó el chico estabilizando suavemente la órbita. -Debe tratarse de algún tipo de mar. Curioso. Nunca había visto un mar azul.-

-En cambio el verde es vegetación, por lo visto. El patrón de emisión de CO2 es característico.-

-¿De veras? ¡Cómo en Callumbius! Me gusta más así que amarillo o naranja como en los demás planetas.-

-No generalices, no son todos así.-

-Yep. Algunos no tienen vegetación.- Ambos rieron.

-Deberíamos encontrar un espacio entre la vegetación.-

-Según las lecturas el hemisferio norte es el más adecuado, pero no he podido encontrar aún un espacio adecuado.-

De repente las lecturas de los instrumentos cambiaron.

-¡Mira!- exclamó ella. -Allí podemos bajar.-

Efectivamente el espacio permitía aterrizar sin problemas, y los chicos aprovecharon la ocasión. Aparcaron su nave, apagaron los motores y abrieron la puerta para salir.

El Enjambre los había visto llegar, allá a lo lejos. Había temido verles marchar, verse abandonado una vez más, pero así no fue.

Les había hecho sitio, invitándoles a bajar, y ellos habían aceptado su invitación aún sin saberlo. No sabían de la invitación, y menos aún de haberla aceptado. Es decir, acababan de aterrizar, de apagar los motores, de apoyar sus pies en su vello de clorofila, de inhalar una bocanada de oxígeno natural, no reciclado. Y no se habían dado cuenta aún.

Empezaron a adentrarse en el Enjambre. Ellos le llamaban bosque, porque no sabían aún nada. Lo aprenderían pronto.

El Enjambre les vio hablar de él, de lo bonito que era este planeta, y de lo bonito que sería dejar la civilización a sus espaldas y quedarse a vivir allí. Y se sintió orgulloso por los cumplidos.

Y se sintió feliz.

Investigó sus nombres.

Ella se llamaba Ada. El nombre de él era Evan. Y se estaban adentrando siempre más en el Enjambre: la simple presencia de los humanos le estaba provocando sensaciones nunca experimentadas. Por fin el enjambre se sentía feliz.

Porque, veréis, el hombre puede vivir sin la naturaleza, y la naturaleza sin el hombre. Pero, una vez separados, una vez distantes, ninguno de los dos puede sentirse feliz: la felicidad que deriva de la armonía, tan imposible cuando falta un elemento necesario.

El hombre y la naturaleza se necesitan mutuamente para ser felices.

Así el Enjambre reservó para la nave espacial la misma suerte que las demás realizaciones del ser humano. Le costó poco tiempo envolverla y destruirla.

A Ada y Evan no les importó. Su decisión ya estaba tomada.

Ahora eran felices.


[1] Como en el relato Naturaleza Inconstante

Comentarios»

1. Nuevo relato del ciclo NewGea | Alexander Foxx - 17/06/2013

[…] Podéis encontrar este nuevo relato en esta url. […]


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