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Hasta la Mina

Jefferson mató a un policía. Técnicamente, no hizo más que empujar a un agente encubierto de narcóticos en una esclusa de aire y escupirle al exterior. Y siempre técnicamente, fue la pérdida de presión y la falta de oxígeno lo que mató al policía. Jefferson sólo empujó el botón. Se hubiera salido con la suya si el cadáver quemado por el sol abrasador no hubiera dado media vuelta en una órbita estable alrededor de la Tierra antes de estamparse contra la estación principal de Orbita Nueve. Algunos tienen suerte, por mucho menos le condenarían a muerte a uno; aunque, pensándolo mejor, Jefferson había sido condenado a muerte en el momento mismo en que aceptó trabajar en la mina.

Extendió la mano y tocó un botón en la consola. La imagen de la Tierra se abrió paso entre los píxeles de la pantalla principal: estaba pasando lentamente por debajo de él, una vista magnífica que ya no le producía emociones. Estaba harto de verlo. Habían pasado seis días desde el lanzamiento, y todavía estaba allí sentado en esta pequeña nave, no se había dado cuenta que el viaje duraría tanto, que las horas correrían t.an despacio. -El corredor de la muerte o la minería espacial-, le dijeron. Fue una elección fácil. Sin embargo, si pudiera volver atrás, posiblemente preferiría morir.

Cerró los ojos y se estiró, sin poder evitar darse un golpe en alguna parte del interior de la nave, sin importar desde qué ángulo se movía el resultado era el mismo: era demasiado grande para una nave espacial. Cuando terminó se volvió a colocar en su asiento de malla de titanio para concentrarse en el camino que tenía por delante. Bajó la mirada a una de las pantallas, en la que varias ventanas seguían abiertas, y ninguna de ellas proponía los tutoriales que iba a estudiar durante los próximos seis meses de tiempo de vuelo. En la pantalla había aparecido un pop-up, un aviso de Control Orbital. Estos avisos eran cada vez más frecuentes, ahora que estaba más cerca de la fecha límite. El último pop-up le informó que tenía ‘12 horas 37 minutos 32 segundos para abandonar la órbita terrestre o ser terminado’. Era de un color rojo brillante. La cerró y se desabrochó el cinturón, flotando libre.

Agarrándose a los salientes de arriba de la pared, se trasladó caminando con sus manos a la caja pequeña y fría en la parte trasera de la cabina. Sacó su última cerveza, al quitar el tapón el pezón para beber en ausencia de gravedad se presentó, sugerente. Fue a parar en su boca: la cerveza sin gravedad tiene un sabor único, las burbujas… Se preguntó si él era el primero en tomar la totalidad del suministro antes de salir de órbita. Se estaba mejor allí que en la cabina, lejos de la pantalla principal.

-¿Por qué estoy todavía aquí?-, pensó en voz alta, a pesar de que nadie estaba allí para escuchar sus palabras. -¿Qué demonios estoy haciendo? No puedo volver a bajar. No hay manera. Estaría muerto-. Se rascó el nuevo tatuaje en su muñeca que lo marcaba como condenado-minero. Le picaba mucho. -Podría decir: minería de asteroides una mierda, me voy a Marte-. Terminó el bulbo de cerveza en dos tragos más, y se dio cuenta de que estaba hablando en voz alta; no se había dado cuenta de la transición, a lo mejor estaba enloqueciendo. Sin embargo, ahora más consciente, siguió con su loco razonamiento. -No me llevaría allí, tampoco-. Estaba en lo cierto, esas naves espaciales no estaban pensadas para viajes tan largos.

Volvió a su asiento ante la pantalla. Esperó que pasaran las horas, y las horas pasaron. Las pop-ups se sucedieron, siempre más frenéticas, en una cuenta atrás que le acercaba siempre más a su fin. -Me van a terminar. Que me terminen.-

A diez segundos del tiempo límite todas las pantallas se pusieron en rojo, la secuencia de números parpadeaba como si fuera el latido de un corazón. Cuando llegó a cero las pantallas se quedaron en rojo, como si fueran ensangrentadas, y Jefferson esperó el impacto de los misiles. De repente, el suelo debajo de él desapareció y se vio proyectado al espacio; una voz resonaba en su cabeza mientras veía que la nave espacial daba la vuelta.

-No habrás pensado que íbamos a destruir una nave espacial carísima para cargarnos a un asesino, ¿verdad?-

Pero eso fue un instante, un instante eterno.

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